martes, 2 de febrero de 2010

Lach


Lach se suicidó en La Democracia. Lo suicidaron, dijo Danis en un poema.

Barril sin fondo, le decía Mamaruca, porque comía mucho. Seguramente, cuando podía, aprovechaba para recuperar todo lo que no pudo comer durante su infancia. Al menos en los pocos años que vivió con su mamá, doña Lipa lavandera. Lavando ropa deplano no le alcanzaba para mantener ella sola a todos los hijos que le quedaron cuando enviudó muy joven. Por eso fue mejor llevar a Lach para que trabajara con don Armín –tío Mín, de mi papá­–.

La gente decía que don Armín era muy codo; así decía la gente, porque yo era muy chiquito para entonces. Pero Lach trabajaba con él todo el día. Le miraba sus bestias: caballos, vacas y burros. La gente chismosa decía que cómo le hubiera gustado que las bestias no comieran –a don Armín– para ahorrarse la comida. Decía tía Amparo que a don Armín se le ocurrió enseñar a no comer a un su caballo. Le costó mucho tiempo y cuando al fin el caballo aprendió, ese día se murió. Yo cuando era niño le creí a tía Amparo esa su historia, pero ahora sé que no es cierto. Lo que es cierto es que a la gente nadie le quita la idea de que don Armín era muy codo. De seguro le daba mucho trabajo y poca comida a Lach, aunque también de seguro la poca comida que le daba era más que la que pudiera darle su mamá.

Pero Lach era muy alegre y dicharachero. De sus años con don Armín lo recuerdo siempre riendo y cantando o silbando. Era varios años mayor que nosotros. Como Sammy, mi hermano mayor, calculo yo, aunque no estoy tan seguro. Pero cuando estaba con don Armín era niño todavía; por eso no recuerdo muy bien ese tiempo porque yo debo haber sido muy muy chiquito.

Tampoco recuerdo cuándo pasó a formar parte de la familia de Mamaruca. Solo sé que la pasábamos muy bien con él. Tony, Rony y yo casi siempre andábamos detrás de Lach. Ahí ya era adolescente o joven, no estoy muy seguro. Pero Mamaruca, con todo y sus protestas, le daba mucho de comer y él comía más de lo que le daban. Imagínense, tantos años pasados con hambre, como para que no aprovechara la ocasión.
Y era muy trabajador. Ayudaba a Papá Chinto con labores agrícolas. Yo era niño, pero ahora de grande me imagino que era como su peón personal para hacer trabajos en Yulmuc, la finca de papá Chinto. Como mi abuelo era administrador de la fincha La Providencia, no podría dedicarse a las faenas que demandaba Yulmuc. Yo pienso que por eso tenía a Lach como su mozo personal. Pero de entonces sí me recuerdo bien que siempre estaba feliz. Nos llevaba y traía desde La Providencia hasta Yulmuc y viceversa. Siempre contando chistes o anécdotas o riéndose sin causa. Y nosotros aprendíamos muchas cosas. Cosas que son muy importantes para los niños, como orinar fuerte en un punto de hojas secas para que salga mucha espuma. A él siempre se le formaba mucha espuma cuando orinaba y a nosotros menos, o depende, según las ganas que tuviéramos. También nos enseñó a hacer caminitos con el bish, así le decíamos al orín.

Pero lo que más nos gustaba era cuando nos mandaba a robar pastelitos de la tienda de Mamaruca. Había unos bien ricos que tenían una cremita blanca y dulce en medio. A veces también le llevábamos cigarros. A causa de eso una vez se nos ocurrió a Rony y a mí robarnos una cajetilla de cigarros Casino, el más suave y sabroso decía la propaganda. Nos la robamos en la tarde y nos fuimos hasta donde papá Chinto tenía el almácigo de la finca La Providencia. Ahí nos pusimos a fumarlos, uno tras otro hasta terminarnos la cajita porque no podíamos dejar huella de nuestro robo; y no podíamos dárselos a nadie, porque nos descubrirían. No sé cómo hicimos ni recuerdo cómo terminó nuestro aliento, pero nos terminamos la cajetilla de Casino, el más suave y sabroso.

El camino entre La Providencia y Yulmuc era bien largo. Largo y sinuoso. Había que atravesar varios cerros. Imagínese, si la providencia está en San Pedro y Yulmuc ya pertenece a San Antonio. Pero había una veredita muy alegre, llena de cafetales por todo lado. Subáimos y bajábamos varios cerros hasta que se terminada la finca La Providencia. Después, caminábamos algunos kilómetros sobre la carretera de terracería y nos volvíamos a meter en otras fincas que no tenían cultivado nada, solo árboles y monte; y al fin llegábamos a los terrenos de Yulmuc, otra vez con cafetales bonitos, jóvenes y bien abonaditos. Eran de café caturra; así le llamaban a esa clase de café chiquito y frondoso. Por eso me clavaron el apodo de caturra, porque siempre fui chiquito. Entonces me enojaba mucho; ahora no; hasta me gustaría que me volvieran a decir caturra para recordarme de esos años, cuando Lach era el maestro de quien más nos gustaba aprender.
Siempre llevaba su morral lleno de comida o de frutas que iba recogiendo en el camino. Una vez nos quedamos por varios días en el ranchito que tenía papá Chinto en Yulmuc. Luego se nos terminó la comida y tuvimos que ver cómo hacer, porque Lach se había ido a la Providencia. Nos terminamos un bote de leche y seguimos con los güisquiles de un gran güisquilar que estaba frente al ranchito. Probamos güisquiles de todas formas. Como eran de esos secos, que parecen papa y que tienen mucho sabor, hasta nos los comíamos con leche y parecían ayote. El sabor del ayote en leche tenían.

El día que nos terminamos los güisquiles regresó Lach. Algo de comer llevaba, pero no mucho, porque esa noche ya no tuvimos qué cenar. Entonces nos llevó a cazar ranas. Alumbrados con un foquito, de esos de dos baterías grandes, nos fuimos hasta el riíto que pasaba como a un kilómetro o dos del ranchito. Nos quería enseñar a cazar y deplano alguna cazaron Tony o Rony y a lo mejor hasta yo, pero no me acuerdo. Lach sí cazó un montón. Me acuerdo cómo las pelaba y las preparaba para cocerlas, solo con sal. Hizo un caldo de ranas delicioso. Lo recuerdo muy bien y me dan ganas de buscar en dónde conseguir ahora un caldo de ranas, porque en las ciudades pienso yo que no se comen las ranas. No saben lo que se pierden. Sobre todo si se las comieran con mucha hambre, como teníamos nosotros esa noche.

Todos los años, para las vacaciones, nos íbamos a La Providencia y la pasábamos muy bien. A veces, Lach se subía a los grandes árboles en los cuales se enrollaban los granadillales. A mí siempre me han gustado las granadillas y deplano es porque entonces las comía recién cortadas. Yo mismo me encaramaba en esos grandes árboles porque para eso sí era bueno. Como era chiquito y flaquito, de seguro tenía facilidad para trepar. Hasta allá arriba me encaramaba y le aventaba las granadillas a Lach.
Cuando llegó la época de la guerrilla y las cosas empezaron a ponerse feas, dejamos de ir a La providencia. Debe haber sido como en 1979 que ya no fuimos y en 1980 nosotros nos fuimos para México. Desde allá supimos que Lach se había “alzado”, así le decían a los que se iban a la montaña a pelear. No tengo ni idea de dónde le nació la conciencia, pero se fue a pelear, al igual que sus hermanos Rómulo, Gil y Chus. Gil luego se fue para México y llegó allá donde estábamos nosotros, en Puebla. Después llegó Chus, que era el hermano menor.

Chus no tenía tanta gracia como Lach, pero como nos recordábamos de él, nos cayó bien. Chus se fue porque recibió una bala que lo tuvo entre la vida y la muerte, así es que ya no podía seguir luchando. Nos daba clases de karate y nos enseñaba algunas tácticas guerrilleras. Una vez nos contó que Rómulo, su hermano mayor, había caído en combate. Así decían cuando alguien moría.
Pero lo de Lach nos dolió mucho. A mí me sigue doliendo porque siempre pensé que era demasiado bueno. Decían que era un gran combatiente, arriesgado, valiente, temerario y líder. Siempre riendo, siempre ayudando a sus compañeros.

Llegaron a hacer un mitin en La Democracia. Él comandaba al grupo. Cuando supo que los había emboscado el ejército y que no se podía hacer nada tuvo una gran idea para evitar que murieran todos. Les dijo a sus compañeros que se adelantaran y que él les cubriría la retaguardia. Así, empezó a disparar y desorientó a los soldados del ejército mientras sus compañeros huían. Cuando comprendió que estaban lo suficientemente lejos sacó un cigarro Casino, el más suave y sabroso, y se lo fumó lentamente. Antes de ser capturado por el ejército procedió como le habían enseñado que procediera para evitar ser torturado (y el riesgo de “hablar” o dar información al ejército).

Por eso dice Danis que no se suicidó, sino lo suicidaron. Ahora ya no estoy seguro si lo suicidó el ejército o la guerrilla.

2 comentarios:

Cristina Fuentes dijo...

Me dolió el final. Del cuento y de Lach. Qué valiente. ¿Y habrá valido la pena? De los que vivieron sí. Ojalá se acuerden de él.

Cristina Fuentes dijo...

No sé por qué me aparece este cuadrito aquí. Pero me están diciendo que escriba algo... y como amanecí en modo "obediente"...