viernes, 2 de agosto de 2013

El horizonte (Variaciones sobre temas de Serrat)


Por las tarde se sentaba a contemplar el horizonte. Con su mirada escudriñaba las montañas lejanas y centraba su atención en ese gran pueblo que se advertía en lontananza. Imaginaba sus casas blancas, sus habitantes laboriosos y el movimiento constante. No podía evitar compararlo con la pasividad de su pueblo, el siempre lo mismo de sus habitantes y la monotonía que él mismo vivía tarde con tarde al caminar hasta esa roca y sentarse a contemplar el paisaje.

Tomó lo mínimo necesario y se puso a caminar rumbo al horizonte. Tras varios días, llegó cansado pero con mucha ilusión. Quedó fascinado porque el pueblo del horizonte era mejor de lo que en su imaginación había creado. Claro, viviendo en ese pueblo, su imaginación tenía como límite su propia experiencia. Pero ahora estaba ahí, en su horizonte, conviviendo con esa gente que ahora era real, que caminaba, que trabajaba, que se movía.

Buscó una casa en la parte más alta para poder contemplar el horizonte tarde con tarde. Pero ahora el horizonte era nuevo. Este pueblo ahora le permitía ver en un nuevo horizonte, más espléndido, majestuoso, inquietante. Tomó sus cosas y se puso a caminar en pos del nuevo horizonte, a donde pronto llegó.

Convirtió su vida en la búsqueda de nuevos horizontes. Cada vez que alcanzaba el pueblo que habitaba su horizonte, subía a la colina para avistar un nuevo horizonte. Y cada horizonte le resultaba más bello y espectacular que los anteriores.

Subió los montes, bajó a los valles, cruzó ríos, navegó los lagos, surcó los océanos y cada nuevo horizonte le brindaba uno más grandioso. Él se sentía eufórico en esa vida que se había convertido en búsqueda permanente.

Finalmente, se planteó fijarse como límite el horizonte más sublime que encontrara. Ya no era solo la fascinación lo que buscaba. Tenía ahora un horizonte ideal que había construido con la suma de todos los horizontes encontrados antes. Cada nuevo horizonte era comparado con todos los anteriores y rigurosamente analizado para determinar el mejor. Llevaba los ojos empapados de horizontes vividos y la mente con el sueño del horizonte ideal.

Finalmente lo encontró.

Después de andar y andar encontró el horizonte perfecto y se quedó ahí. Era más bello de lo imaginado y superaba con creces la suma de todos los horizontes vividos antes. Lo recibieron su esposa y sus hijos. Saludó a sus padres, sus amigos, sus mascotas. Buscó la roca que le dio la vista del primer horizonte y continuó subiendo a ella, tarde con tarde, para contemplar a sus anchas el horizonte que, al verlo, le hacía recordar todos los demás horizontes.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Todo camino que vale la pena recorrer te llevará a ti mismo.
Saludos Tito! Felicidades

mariano parvel dijo...

Curioso... no lo avia visto de esa forma!!! Grandes palabras.