martes, 7 de octubre de 2014

El manco, el obsceno y el facha

¿Qué tienen que ver Cervantes, Zola y Unamuno? En principio, muy poco. La vida y la muerte tuvieron la feliz ocurrencia de convocar a los tres el mismo día: el 29 de septiembre; por supuesto, con siglos o décadas de distancia. Cervantes y Unamuno, ambos españoles, nacieron un 29 de septiembre (1547 y 1864, respectivamente). Zola, francés, murió esa misma fecha, en 1902. Los siguientes párrafos tratan de rescatar a estos tres grandes escritores y convocarlos, nuevamente, en este 29 de septiembre y en el espacio atemporal de la lectura del siglo XXI.

El mote de Manco corresponde a don Miguel de Cervantes Saavedra. En la heroica batalla de Lepanto (1571), a pesar de la fiebre que le aquejaba, peleó férreamente y recibió tres arcabuzazos. Su brazo izquierdo quedó inutilizado para siempre. Pero más allá de provocarle sufrimiento, fue él mismo quien se adjudicó el apodo, pues se sentía orgulloso por haber participado en esa batalla. Su vida tuvo también otros grandes sucesos que hubieran deprimido a cualquiera. Sin embargo, en él no hicieron más que acentuar ese amor por la vida. Leer a Cervantes es introducirse en un mundo fascinante en donde se respira optimismo y vitalismo.

Al otro Miguel, el de Unamuno, corresponde el mote de Facha. Y no es que realmente fuera fascista. Era, ante todo, un gran escritor y filósofo. En un momento de desilusión por los excesos republicanos, tuvo la infeliz ocurrencia de apoyar a las tropas fascistas y al partido Falange Española. No le alcanzó el resto de su vida para arrepentirse. El gobierno fascista de Franco gobernó España durante varias décadas, llevando oscurantismo, represión, anti intelectualismo, etcétera. El propio Unamuno fue víctima de sus atropellos.

El epíteto de obsceno se asigna a Emilio Zola. No es que se le llamara así en su momento. Más bien, es un elemento que se achaca a su estilo naturalista a ultranza. Sus obras fueron calificadas de obscenas por exagerar la criminalidad y el comportamiento a menudo patológico de sus personajes. Pero era eso lo que en realidad quería desnudar: la naturaleza humana más descarnada.  Los patrones de conducta explicados por factores hereditarios, vistos a la luz de la experimentación científica. Sus novelas, desgarradoras, son ante todo monumentos de perfección narrativa; tramas cuidadosamente urdidas.

Pero, más allá de cábalas y coincidencias, hagamos un acercamiento a sus obras. Curiosamente, las tres pueden analizarse a la luz de ese juego de espejos que crean las ficciones que se entremezclan entre sí para provocar desconcierto y regocijo en el lector.

Cervantes y los espejos de la vida

Cervantes es festivo. Se abre el Quijote cervantino en cualquier página y surge un torbellino de pasajes, episodios, andanzas que invitan a reír. El Quijote de Cervantes, con su respectivo Sancho Panza, son personajes vitales; opuestos entre sí, pero unidos por ese amor por la vida; por esos deseos de vivirla.

Cervantes es el magistral creador de ese juego de espejos en el arte de novelar. Crea una ficción y en ella, nuevas ficciones hasta el infinito. De esa manera, el lector ya no sabe a qué atenerse y se deja llevar por el torbellino de la trama. Desde los primeros capítulos de El Quijote, Cervantes juega con el lector e inventa a Cide Hamete Benengeli, un escritor musulmán, quien habría escrito las aventuras de don Quijote. Cervantes se presenta como quien re-escribe los manuscritos originales.

Por su fuera poco, la publicación de un Quijote apócrifo  fue aprovechada magistralmente por el genio español y terminó complicando más la ya delgada línea divisoria entre ficción y realidad: en la segunda parte, el propio Don Quijote se entera de las falsas aventuras publicadas por Avellaneda y decide salir de nuevo a recorrer los campos en busca de nuevas y notables aventuras. Incluso durante la trama, el escritor provoca que el lector fantasea con la posibilidad de un encuentro probable entre los Quijotes: el falso y el verdadero; ambos, ficticios.

Unamuno y el espejo de la muerte

Unamuno es, en cambio, la antítesis de Cervantes en cuanto al vitalismo. El título de uno de sus libros más famosos lo dice todo: El sentido trágico de la vida. Este autor es mucho menos conocido en nuestras tierras. Quizá por ese sentido trágico o tal vez porque el lector está acostumbrado a escapar de esos temas escabrosos. Pero ello no le quita la genialidad. Unamuno supo, a su manera, convertir sus novelas en otros juegos de espejos, esta vez trágicos y existenciales.

El juego de espejos se manifiesta en todos sus personajes. Vemos a Augusto, protagonista de la novela Niebla, quien escapa de su mundo ficticio y visita a su autor. Desea saber si puede suicidarse o no. Unamuno complica más el juego especular y le contesta que no; no puede quitarse la vida porque es un ser ficticio. Aun así, el propio Augusto, implora a su autor la gracia para no morir.

Así, todos los personajes de Unamuno viven la angustia nauseabunda de sobreponerse a sí mismos. Manuel Bueno, otro de sus personajes (San Manuel Bueno, mártir) vive en un estado permanente de angustia y ambigüedad: mientras el pueblo lo considera como un santo, él no se atreve a confesar su total falta de fe y espiritualidad. En La tía Tula, novela por demás erótica, la protagonista está condenada a vivir una vida ficticia a la par de su cuñado, tras la muerte de su hermana.

Por si fuera poco, Unamuno publica un libro titulado Vida de Don Quijote y Sancho. En sus páginas se asume a estos personajes como reales. Incluso, critica al propio autor –Cervantes– por considerarlo un ser inferior a sus propias creaciones. De cualquier manera, el lector no sabe ya a qué Quijote creerle; si al que Unamuno idealiza para justificar sus teorías antirracionales y voluntaristas; o al que Cervantes creó como un canto humanista en medio de los oscuros tiempos de la Contrarreforma.

Zola, el espejo de su tiempo

Emilio Zola es el escritor que mejor supo reflejar su tiempo. Y lo hizo a conciencia, buscando adrede el retrato más real y descarnado de la sociedad francesa del siglo XIX. Su imagen, sin embargo, resultó oscura y pesimista. Reflejó, en efecto, la Francia de su tiempo; pero lo hizo con un espejo opaco y gris. Atrapados en un determinismo fatal, sus personajes están casi siempre condenados a la miseria. La solución a sus destinos es inexorablemente el suicidio o la muerte.

Pero Zola es, sobre todo, un soberbio narrador. A mediados del siglo XIX concibió el ciclo de Les Rougon-Macquart. Una serie de 20 novelas, planificadas minuciosamente, como un experimento artístico para desarrollar las teorías científicas en boga. Cada una de sus obras es magistral en cuanto a la técnica narrativa y la urdimbre de su trama. Sus personajes transmigran entre una novela y otra otorgando mayor realismo y tensión narrativa.

Y es que el propio Zola lo tenía claro: se propuso retratar una misma familia a lo largo de varias generaciones. Su objetivo era demostrar que cada uno de los descendientes, fuera cual fuera su circunstancia, está condenado a reproducir las inclinaciones y vicios heredados de sus padres.  Como resultado, ese soberbio ciclo de 20 novelas.

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